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La Ruta de Gallegos: Literatura Hecha Paisaje

Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha”. Con esta frase Rómulo Gallegos comienza a relatar la que probablemente es la novela contemporánea venezolana más conocida en el mundo, y con estas palabras Maruska González me dio la bienvenida al recorrido que para ella también inicia sobre el mismo río, convertido por el escritor, así como otros elementos de la naturaleza, en un personaje de la historia.

En medio del Puente Marisela, nombrado  así en honor a la hija, que según relata el texto, es rechazada por su madre, me esperaba Maruska, que siempre vivió en estas tierras y que desde que se conocía había trabajado en eso de dar a conocer su suelo. Su afán de que se reconociera el mérito de este libro no sólo en su aspecto literario sino como un documento que deja constancia de la grandeza del llano, le hizo concebir, junto a otros amantes de todo lo que conforma Apure, un paseo para que el turista pudiera vivirlo entre letras y paisajes, para fundir el llano en sus palabras y que esto fuera lo que el visitante se llevara de vuelta a su casa.

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Puente Marisela en el paso sobre el Río Arauca

“Ya María Nieves se dispone a conducirla a la otra orilla, a cabestrearla a nado. Es el mejor hombre de agua de todo el Apure y nunca se le ve más contento como cuando la lleva al cuello, en pos de sí los cuernos, apenas, de los madrineros que guían la esguazada y por delante, allá lejos, porque ya el río está de monte a monte, la orilla opuesta”.

 Yo ya había comenzado la que este grupo llamó “La Ruta de Gallegos” desde el momento que llegué a San Fernando de Apure, capital del Estado llanero protagonista del cuento, porque para ingresar a él hay que atravesar otro puente que le debe su nombre a María Nieves, en la ficción, uno de los peones de la hacienda Altamira, en la vida real, se dice era un conocido cabestrero y domador de potros local. La gran estructura da paso a una ciudad que pareciera haberse quedado en otro cuento. Calles que nunca terminaron de crecer, edificaciones históricas que no se supieron preservar, poca oferta para comer, poca para dormir,  si acaso, alguna que otra propuesta cultural, pero eso sí, la creencia y enaltecimiento de sus personajes a través de esculturas. Por donde se camine hay redomas que rinden tributo a quien libró una batalla, a un músico o incluso a un animal.

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Redoma de Páez en San Fernado de Apure

“¡Ancho llano! ¡Inmensidad Bravía! Desiertas praderas sin límites, hondos, mudos y solitarios ríos. ¡Cuán inútil resonaría la demanda de auxilio, al vuelco del coletazo del caimán, en la soledad de aquellos parajes! Solo la fe sencilla de los bongueros podía ser esperanza de ayuda, aunque fuese la misma ruda fe que los hacía atribuirle poderes sobrenaturales al siniestro Brujeador.”

Este es parte del texto en un libro de bolsillo que me muestra Maruska antes de invitarme a recorrer el río en lancha, como para describir la escena que mis ojos verían previo de comenzar el recorrido, para que entienda de la fuerza de las aguas y de sus habitantes dentro de ella. Al hacer La Ruta de Gallegos se van desprendiendo trozos del texto por el camino que anduvo el autor para contar su historia, eso me explica mi guía que trabajó durante muchos años dentro el organismo de turismo regional, del que salió para dedicarle espacio a su campamento familiar al que llamó Río Claro, en medio de ese camino, en el eje Capanaparo – Cinaruco. Su intención era que en él se realizaran caminatas al aire libre, observación de aves y paseos en kayak por algunas de sus lagunas.

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Instalciones del Campamento Río Claro

Veo garzas en el paseo, bordeamos pequeños caños, hay mucho verde, es invierno, me imagino las anacondas gigantes que refiere el libro, los caimanes que pasean por el río. El amable lanchero, me va contando lo que vamos viendo, señala e identifica las aves, me cuenta que río arriba se pesca pavón, que para algunos es sustento, para otros, deporte.

 

BONGO 2

Bajo los delgados y grasientos harapos que se adherían a su cuerpo, la curva de la espalda y las líneas de la cadera y de los muslos eran de una belleza estatuaria…”

De esa forma contempló por primera vez Santos Luzardo a Marisela, y a verla inmortalizada en una estatua me lleva Maruska en el siguiente punto de nuestro pequeño viaje. Ese es el lugar que sigue en el itinerario turístico después de pasar el Cajón del Arauca y recorrer parte del Cinaruco. Allí está ella en una placita descuidada, con la mirada hacia el cielo, desafiante, como la cuenta el relato, sola como se encontraba en la historia. Apenas acompañada en horas de luz por unos niños que ofrecen paseos a caballo, que narran parte de libro mientras van arrastrando al animal junto a su jinete.

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Monumento a Marisela 

“Hombre de presa, el cunavichero les arrebató a los indígenas aquella propiedad de derecho natural, y como ellos trataron de defenderla, los exterminó a sangre y fuego; pero el cacique, cuando vio su ranchería reducida a los escombros, maldijo el palmar de modo que en el solo encontraran ruina y desgracia el invasor y sus descendientes, victimas del rayo, vaticinando, al mismo tiempo, que volvería al poder de los yaruros cuando uno de estos sacara de la tierra la piedra de centella de la maldición”.

Me explica Maruska que la zona está habitada por varias comunidades indígenas, que por años han estado asentadas en tierras que por derecho les pertenecen, Los Yaruro, que narra Rómulo Gallegos en su libro, han desaparecido casi en su totalidad a fuerza de transculturización, enfermedades y persecuciones históricas. Los grupos que se desplazan desde el vecino Estado Amazonas, van formando sus propias comarcas, diminutas, que tienen como cabeza de familia al hombre o mujer más aptos. Ellos tratan de enviar a algunos de sus hijos a la escuela para que se formen, el resto se queda cuidando la casa, sembrando y fabricando artesanías.

La intención de quienes realizan viajes guiados por la zona, es traer a los viajeros para que conozcan cultura y costumbres de estos personajes, los puedan ver en su entorno trabajando y les compren piezas elaboradas por ellos como recuerdo de su visita y así mover un poco su economía. Nosotros venimos a la de Tajamune, donde Isbelia y parte de sus siete hijos nos reciben, ella pertenece a la etnia Piaroa, pero dice que su comunidad está “desbordada”, así que se vino un poco más arriba con su padre, sus hijos, nueras y nietos.

Viven en una espacio donde ubicaron unas 5 ranchos, un pequeño conuco y un caney familiar donde nos sienta con café en tapara y nos enseña como convierten pequeños trozos de madera en piezas decorativas; le compramos unas cuantas, nos reímos con las gracias de su mascota, un loro verde que picotea a quien se le acerca; jugamos con los niños que son felices cuando tienen invitados y seguimos antes de la tarde caiga, para imprimirle al final el romanticismo de la novela.

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Comuidad indígena de Tajamune

“No aquellas, retozo del viento en los médanos, que una vez le arrancaron a Santos Luzardo una exclamación ilusionada; sino otras, las malas trombas, las que se llevan las esperanzas”.

En esta ocasión estas dunas no son motivo de tristeza, en cambio sí de romanticismo, al ver como las arenas se mueven de un lado a otro. La guía va terminado su relato con retazos informativos y me aclara que no son los Médanos de Coro los más grandes de Venezuela, sino este sobre los que ahora pisamos, que en sequía permiten caminatas muy temprano en la mañana o antes de que caiga la noche, y en invierno dejan nacer lagunas entre ellas, perfectas para darse baños.

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Médanos de la Soledad en época de invierno

Termino el día descansando la mini jornada sandboarding que hice descendiendo en una tabla por estos pequeños cerros, Maruska se sienta a mi lado y antes de que nos quedemos a oscuras, abre el famoso libro ajado de tanto pasar sus hojas, marcado de destacar en resaltador los detalles.

Ya sin que ella empezara a leer fue inevitable para mí pensar en el final de la novela Doña Bárbara, pues ese llano que describe Gallegos en sus páginas asombra con sus formas, sus luces y sus sombras. Pienso, “si me hubieran mostrado tanta grandeza en persona en el momento que en la escuela me mandaron como tarea leer el libro, habría apreciado la obra y el destino de forma diferente, mi calificación final también lo hubieran agradecido”.

No se trata solo de lo que aprecia la vista, sino de lo que se siente cuando se le contempla, se sabe que el llano es tal no solo por sus vastas extensiones, sino además por la actitud recia de su gente, sus atenciones y su sonrisa sincera; quizás por eso el halago del final del libro que resume lo que es o debería ser esta tierra: “Y desaparece el nombre del miedo y todo vuelve a ser Altamira. Llanura venezolana, propicia para el esfuerzo como lo fuera para la hazaña, tierra de horizontes abiertos donde una raza buena ama, sufre y espera”.

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Atardecer en los Médanos de la Soledad

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